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La actuación en curso de la delegación argentina en los Juegos Olímpicos no debería sorprender. La ausencia de políticas deportivas estables y mancomunadas desde los órganos que rigen el deporte es objeto de debate nacional cada 4 años. Luego viene la etapa de las promesas, que la próxima será mejor, el olvido, el apuro y otros juegos y otro debate. Es cíclico.
Sólo por eso, por lo repetido del asunto, es que quiero detenerme en la participación de dos deportistas en particular. Dos de aquellos que, con las dificultades y argentinadas del caso han sido medianamente privilegiados. Que se entienda bien: es probable que hayan tenido peores medios que sus competidores, pero lo es tanto como que dentro del escuálido panorama de apoyo nacional han estado en una posición superior a la de otros deportistas.
Me refiero a la nadadaora Georgina Bardach y al remero Santiago Fernández. La cordobesa, inesperado bronce en los 400 metros medley en Atenas, viene de un año terrible. Ya había dado señales en los Panamericanos de Río de Janeiro de 2007, donde no fue ni por asomo la misma (o algo parecida) a la que se aguardaba explotara luego de la medalla. Luego de una triste actuación en Pekín, Georgina explicó que "la cabeza no le daba más para entrenarse y que se había termiando el suplicio". Ni siquiera se presentó a la última prueba en la que estaba inscripta luego de haber registrado en competencia "tiempos de entrenamiento", según ella misma definió.
El remero Fernández, quien rozó el bronce en Grecia hace cuatro años, fue uno de los más críticos para con la tarea de la Secretaría. No se trata en estas líneas de negarle la razón que probablemente lo asista. Pese a ello, a la falta de mantenimiento de las pistas de entrenamiento, Fernández logró un bote acorde al pelotón y gozó de un período de entrenamiento afuera del país. Sin embargo, pasó a duras penas la primera eliminatoria y no superó la segunda. Fuera de las chances de medallas, no se presentó a la semifinal C/D, donde se corría sólo por el orgullo y por un deslucido decimotercer puesto.
Ahí está mi crítica, en la actitud final. En no presentarse al último esfuerzo aún en perspectiva de otro resultado frustrante. Es donde creo que les falló el espíritu olímpico. No se trata de hacer leña del árbol caído por el mal resultado, sino por dejar vacante en la línea de largada al sitio reservado para un atleta argentino. Es como dejar clavados a tantos competidores internos que vieron tapada su posibilidad de asistir a la cita. Ese presupuesto, por bajo, injusto y malo que fuera, se les destinó y si lo aceptaron al menos deberían haber respondido con el esfuerzo, amén de que no estuviera el resultado ideal.
Bardach y Fernández siguen siendo deportistas de elite y, ojalá, todavía tienen chances de regalar algo más de talento al deporte nacional. No es esto un réquiem para ellos, sólo un espacio para decir que pienso que, en la decisión final, se equivocaron.
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